En Cuba hay maestros que no necesitan condiciones perfectas para demostrar cuánto aman enseñar. Cuando se va la electricidad, buscan la luz del sol para que sus alumnos puedan seguir aprendiendo.
Esta historia ocurre en la Escuela para Ciegos Abel Santamaría, en La Habana, donde 44 niños con discapacidad visual reciben una educación que está cambiando sus vidas.
Pero los apagones, que pueden superar las 18 horas al día, han convertido algo tan sencillo como dar una clase en un enorme desafío.
Cuando se va la luz, los maestros acercan a los alumnos con baja visión a las ventanas o trasladan las actividades a los patios y pasillos para aprovechar la iluminación natural.
Y entre esos maestros hay una mujer con una historia muy especial.
Se llama Yarnelys Bec Abalela.
Cuando tenía apenas tres años, llegó a esa misma escuela porque una catarata congénita amenazaba su visión.
Allí recibió la educación que le permitió salir adelante. Y años después decidió regresar, pero esta vez como maestra.
Lleva 21 años enseñando a niños que enfrentan dificultades parecidas a las que ella vivió.
Hoy, además de los apagones, la escuela enfrenta escasez de materiales tan importantes como el papel braille y los lentes.
Incluso tuvieron que reducir las clases presenciales a cuatro días por semana debido a la falta de combustible para el transporte.
Pero sus maestros siguen buscando maneras de enseñar.
Esta historia nos recuerda que detrás de cada niño que aprende hay personas que dedican su vida a darle oportunidades.
Porque estos niños merecen estudiar con electricidad, materiales suficientes y todas las herramientas que necesitan.
Y mientras esas condiciones no llegan, hay maestros que siguen haciendo todo lo posible para que no dejen de aprender.
¿Qué les dirías a estos maestros cubanos que siguen enseñando a pesar de tantas dificultades?
