Salió corriendo del trabajo. No hubo tiempo para quitarse la botarga, ni para pensar en las miradas de los demás.
Solo había una cosa en su mente: no fallarle a su hija.
Y ahí estuvo. Sentado entre todos los papás, con su traje de Dr. Simi, esperando verla cruzar por su diploma.
Porque el amor de un padre no se mide en regalos ni en apariencias... se mide en presencia.
Él no llegó vestido de gala. Llegó vestido de esfuerzo, de sacrificio y de amor.
Y por eso, hoy miles lo llaman... el mejor papá del mundo.
