En 1949, Pedro Infante volaba de Acapulco a la Ciudad de México cuando su avioneta cayó en la sierra. Lo rescataron con vida, pero tenía pocas esperanzas de sobrevivir. Pero un brillante médico de Chiapas lo operó durante horas, le cerró el cráneo con una placa de metal y le regaló a México 8 años más de su ídolo.
Ese médico era Manuel Velasco Suárez, un joven neurocirujano de San Cristóbal de las Casas, Chiapas: tenía apenas 33 años, se había preparado en hospitales de Harvard, en Estados Unidos, y un año antes había creado el primer programa para formar neurocirujanos en México. En un país donde casi no había especialistas del cerebro, Pedro Infante cayó en las mejores manos.
Pedro Infante se recuperó y volvió a cantar y a filmar. En esos 8 años hizo algunas de las películas que más queremos, como A toda máquina, Dos tipos de cuidado, Pepe el Toro y Tizoc. Y se cuenta que, agradecido, una noche llegó con mariachis hasta la casa del doctor para darle las gracias como solo él sabía hacerlo: cantando.
Pero el destino ya tenía escrita otra historia. El 15 de abril de 1957, el avión en el que viajaba cayó en Mérida, Yucatán. Y cuando hubo que reconocerlo, una de las cosas que permitió identificarlo fue la placa de metal que el doctor Velasco Suárez le había puesto 8 años antes. Lo que un día le salvó la vida fue también lo último que quedó de él.
El doctor siguió salvando vidas. Fundó el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, que hoy lleva su nombre y donde se han formado cientos de médicos que atienden a mexicanos de todo el país. Fue gobernador de Chiapas, y años después su nieto, Manuel Velasco Coello, también llegó a gobernar el estado. Él decía que el valor de una persona no está en lo que tiene ni en lo que sabe, sino en lo que sirve a los demás.
Pedro Infante le dio a México su voz. Un médico de Chiapas le dio a Pedro Infante el tiempo para seguir cantando.
