El asbesto es uno de los materiales más peligrosos del mundo, y en México todavía se vende legalmente. En 69 países ya fue prohibido, pero aquí lo tenemos en los techos, en las paredes, en los tinacos, en las tuberías por donde pasa el agua que tomamos.
Para proteger a las familias mexicanas, el Partido Verde está dando la pelea para que en México se prohíba el asbesto de una vez por todas: que no se pueda producir, importar, vender ni distribuir en ninguna parte del país.
Lo que hace tan peligroso a este material es el tiempo. El asbesto no huele, no se ve, no irrita. Solo se respira, y las fibras se quedan en el pulmón. Entre esa exposición y la aparición del cáncer pueden pasar treinta o cuarenta años, y cuando el diagnóstico llega, muchas veces quedan seis o nueve meses de vida. Para entonces ya no hay a quién reclamarle nada.
Lo peor de todo es que está sobre todo en las casas más humildes: la lámina barata del techo, el tinaco de la azotea, la tubería que lleva veinte años ahí. La misma gente que menos puede pagar un tratamiento de cáncer es la que vive rodeada de esto sin saberlo.
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