Durante veinticinco años, Michael Cicconetti fue juez en Painesville, un pueblo pequeño de Ohio. Y durante veinticinco años hizo algo que casi ningún juez hace: en lugar de dictar una sentencia y punto, le daba a elegir al acusado. Cárcel, o algo que se pareciera a lo que esa persona le había hecho a su animal. Casi todos elegían lo segundo. Y ahí, según él, empezaba lo verdaderamente importante.
DE DÓNDE VENÍA TODO ESTO
Cicconetti creció como el mayor de nueve hermanos. Su primer perro fue un mestizo de salchicha llamado Herman, y él lo describía como el mejor compañero que un niño puede tener. Decía que ese perro fue lo que lo convirtió en la persona que años después se sentaría en ese tribunal.
Décadas más tarde, un amigo suyo que se estaba muriendo de cáncer le regaló a su familia un cachorro de boyero de Berna. Se llamaba Kasey, y era la manera que ese amigo encontró de quedarse en la casa de los Cicconetti. El juez contaba esas dos historias sin adornos cada vez que le preguntaban por qué estos casos le importaban tanto.
VIVE COMO MOOSE
Cuando los oficiales de control animal entraron a la casa de Alyssa Morrow, encontraron a su perro, Moose, en un espacio lleno de chatarra, heces y orina. Estaba escuálido. Lo sacaron de ahí y lo fueron recuperando poco a poco.
En la audiencia, Cicconetti no habló de leyes. Dijo que él no podía interpretar lo que siente un perro, pero que si los perros pudieran contar cómo se sintieron, asustados, con miedo y enfermos, tal vez ella debería probar un poco de eso. Y entonces le ofreció la elección: noventa días de cárcel, o vivir como Moose.
Vivir como Moose significaba ir al basurero del condado, que el personal del lugar buscara el rincón más nauseabundo que pudieran encontrar, y quedarse ahí ocho horas recogiendo basura, pensando en lo que había hecho. El juez le advirtió que si vomitaba, vomitaba.
Ella eligió el basurero. Mientras levantaba desechos dijo que nunca imaginó terminar ahí, pero que lo prefería a la cárcel.
LA NOCHE EN EL BOSQUE
En septiembre de dos mil cinco, guardaparques encontraron treinta y cinco gatitos abandonados en dos parques de Mentor, Ohio. Muchos tenían infecciones respiratorias. Nueve murieron. Los rastrearon hasta Michelle Murray porque los gatitos llevaban collares de identificación.
Cicconetti le preguntó en la sala cómo se sentiría ella si la dejaran en un parque a mitad de la noche, escuchando coyotes y mapaches alrededor, en el frío, sin saber de dónde saldría su próxima comida ni cuándo iría alguien por ella.
Después le dio a elegir. Podía cumplir noventa días de cárcel, o aceptar un paquete mucho más corto: catorce días de cárcel, quince de arresto domiciliario, tres años de libertad condicional, tres mil doscientos dólares de restitución para la sociedad protectora, quinientos para los guardaparques que rescataron a los gatitos, y una noche sola en el bosque. Ella eligió el paquete. Dijo que no podía estar tres meses lejos de sus hijos.
La noche fue en noviembre, sin comida ni refugio, solo con agua y una forma de comunicarse con los guardaparques en caso de emergencia. Como la temperatura se desplomó, el juez modificó su propia orden y le permitió hacer una fogata.
Aguantó alrededor de cuatro horas. Fue el propio Cicconetti quien ordenó que la sacaran de ahí por el frío.
POR QUÉ SIEMPRE LES DABA A ELEGIR
Ese detalle, el de sacarla del bosque, explica todo el sistema. Cicconetti tenía dos límites que nunca cruzó, y los dos eran deliberados.
El primero era legal. Un juez estadounidense no puede imponer castigos crueles ni inusuales. Pero sí puede fijar condiciones de libertad condicional, y si el acusado las acepta voluntariamente a cambio de menos cárcel, la sentencia queda en pie. La elección no era un gesto de generosidad: era exactamente lo que hacía legal el castigo.
El segundo era humano. Él evaluaba antes de cada caso la estabilidad mental del acusado, para calcular cuánta incomodidad y cuánta vergüenza podía sostener esa persona. Decía que su objetivo nunca fue poner a nadie en peligro, pero que eso no significaba que no pudieran pasar por un poco de incomodidad. Estaba convencido de que una multa y unos días de encierro no cambian a nadie: la persona sale pensando que tuvo mala suerte, no que hizo algo grave.
LO QUE PEDÍA QUE CAMBIARA
Cicconetti insistía en algo incómodo pero cierto: no todo el maltrato es maldad. Mucho es pura ignorancia. Dejar a un perro amarrado afuera en pleno calor de verano puede ser una estupidez sin intención de dañar, y sin embargo el animal sufre igual.
Por eso pedía cursos obligatorios de cuidado responsable para quien maltrata animales, con el mismo criterio que se aplica a los conductores ebrios y a quienes descuidan a sus hijos. También pedía evaluaciones psicológicas obligatorias, y un registro público de condenados por maltrato.
Él aseguraba que mientras la reincidencia promedio rondaba el setenta y cinco por ciento, en su tribunal apenas llegaba al diez.
LO QUE QUEDÓ
Cicconetti se retiró en dos mil diecinueve. Apoyó la ley que desde septiembre de dos mil dieciséis convirtió el maltrato a animales de compañía en delito grave en Ohio.
Y el registro que pedía ya existe. El primero nació en el condado de Suffolk, en Nueva York, en dos mil diez. Tennessee fue el primer estado en tener uno estatal, en funciones desde enero de dos mil dieciséis, administrado por la policía estatal y abierto a cualquiera. Los refugios lo consultan antes de entregar un animal en adopción, y el condenado permanece en la lista dos años, o cinco si reincide.
