Llegó al Mundial vestido de charro y terminó convertido en un verdadero embajador de México. Con su alegría, su música y su orgullo nacional, le recordó al mundo que nuestra cultura también sabe robarse todos los reflectores.
Mientras miles de turistas buscaban una foto con los grandes futbolistas, muchísimos también hacían fila para conocer al Charro González. Le pedían fotografías, bailaban con él, cantaban canciones mexicanas y se iban con una enorme sonrisa. Sin polémicas, sin escándalos y sin buscar fama, logró algo muy difícil: hacer que personas de todo el mundo se llevaran un pedacito de México en el corazón.
Porque a veces el mejor embajador de un país no es quien levanta un trofeo, sino quien hace que millones de personas se enamoren de su gente, de sus tradiciones y de su cultura.
