Julio César Rivera López sabía que el tiempo era corto. Vivía en Estados Unidos, enfrentando una enfermedad en fase terminal, pero su corazón seguía en El Salvador. No quería despedirse desde lejos. Quería volver a su tierra. Ver el cielo que lo vio crecer. Abrazar a su familia. Sentir que cerraba el círculo.
Decía que le pedía a Dios una sola cosa: regresar a casa. Su mayor ilusión no era un tratamiento nuevo ni un hospital diferente. Era volver —aunque fuera en silla de ruedas— al cantón La Hachadura, en San Francisco Gotera, Ahuachapán. Caminar por las calles donde jugó de niño. Ver cómo su país había cambiado. Sentir que no se iba sin mirar, por última vez, la tierra que lo formó.
Con apoyo institucional, su traslado fue posible. Julio regresó a El Salvador y hoy se encuentra recibiendo atención médica paliativa las 24 horas, rodeado de su familia y de su gente. Sigue con vida. Y está en casa.
A veces los milagros no son curaciones imposibles.
A veces los milagros son despedidas en paz.
Y para Julio, volver a casa fue eso: paz.
